Por José Muñoz Almonte.
Si ya de por sí a los de cierta edad nos incomoda la dichosa querencia de quienes, por figurar como modernos e ilustrados, usan términos anglosajones sin apenas traducción en nuestro idioma, no digamos si encima vemos como los emplean para atacar o denigrar nuestras costumbres, tradiciones o simplemente para demostrar, sin más, una supuesta superioridad moral, cultural o intelectual. Cuando no es por una cosa, es por otra. Ahora la cosa va contra las cabalgatas de Reyes Magos.
Comprensible ha sido la indignación que, hasta hace poco, producían festejos en un país en el que se han tirado cabras desde campanarios o matado gallos a pedradas enterrados hasta el cuello, pero de eso a escandalizarse y sentirse ofendido por la representación del rey Baltasar en una celebración tradicional como es una cabalgata de Reyes, hay alguna diferencia.
¿Qué culpa tendremos en España de que todavía haya lugares donde se pinten o se hayan pintado la cara para humillar o ridiculizar a las personas de raza negra? Que se sepa, aquí no se les discrimina ni se les niega ningún derecho por mucho que en otras partes lo hayan hecho, lo sigan haciendo o lo hicieran nuestros antepasados. Son los estragos distorsionados de una denominada e importada doctrina woke muy mal digerida y de peor encaje -siempre a conveniencia- en una sociedad dispuesta ante todo a disfrutar alegremente de sus fiestas y nada proclive a tener que buscar por sistema tres pies al gato. Y más cuando resulta que el gato ni siquiera es suyo. Es la última andanada por ahora contra una arraigada fiesta que tantos y tan entrañables recuerdos nos trae a pequeños y mayores y que se resiste, de momento, a ser desplazada por otras propias de culturas nórdicas o germánicas con sus personajes mágicos ayudantes, al parecer, de esos «papás noeles» que escalan por los balcones. Por supuesto que cada cual es libre de celebrar lo que quiera y como quiera. Faltaría más.
Lo triste y lamentable es que, ante una juventud cada vez más desprotegida, ya desde la infancia, contra tanto empacho mental potenciado por las redes sociales (versión actualizada y ampliada de los antiguos charlatanes de feria), aparezcan críticas tan absurdas y viscerales como la soportada por mi nieta de una incauta amiga diciendo sentir asco (sic) al ver la foto de una sonriente compañera caracterizada inocentemente de negra beduina. Hasta ese extremo hemos llegado.