Por José Muñoz Almonte
En un país acostumbrado a buscar culpables exteriores ante cualquier desastre, tanto natural como provocado, ignorando por completo la autocrítica por sistema, no tendría nada de particular que el culpable último del actual desaguisado ferroviario fuese nada menos que Felipe González. Me explico.
Resulta que cuando al principio de los años 80 se empieza a hablar de la alta velocidad en España, que ya en Europa conectaba entre sí las principales ciudades de Francia, Alemania o Italia, todo apuntaba lógicamente a iniciar aquí ese proyecto uniendo Madrid con Barcelona. Y más aún con vista a la celebración en esta última de los Juegos Olímpicos del 92. Pero es precisamente Felipe González, aprovechando también la Expo de Sevilla prevista en aquel mismo año, quien evita con su influencia dejar descolgada una vez más a Andalucía, consiguiendo del Gobierno la unión de Madrid con Sevilla en vez de Barcelona.
Y así, habiéndose roto la natural inercia de unir por AVE las dos principales ciudades del país dejando, en principio, para las demás trenes más o menos rápidos, como en el resto de Europa, nos encontramos con que aquí enseguida se desata una pugna, con la que nadie contaba, por ver quién consigue antes la alta velocidad como cuestión prioritaria de vida o muerte basada, al parecer, en el «que tendrán estos que no tengamos nosotros» y de la que ya, en su día, diera cuenta Díaz-Plaja al describir nuestros pecados nacionales.
Solo en Andalucía la alta velocidad hoy la siguen exigiendo Huelva, Cádiz, Almería y Jaén. Proponiendo además paradas intermedias que desvirtúan de entrada el concepto mismo del sistema. Los mismos que criticaron por despilfarro el AVE a Sevilla (ahí están las hemerotecas), no se conformarían luego con otra cosa que no fuera ese mismo AVE (caso de Málaga, por ejemplo).
El resultado es que hemos ido tejiendo una red de alta velocidad cada vez más tupida que, sin contentar a todos, duplica la de países como Francia o Alemania y triplica la de Italia o Reino Unido. Los segundos en el mundo solo detrás de China. Todo un sinsentido si comparamos nuestro PIB con el de esos países y se comprueba que la enorme inversión, necesaria para el correcto mantenimiento de semejante infraestructura, hace tiempo que viene totalmente brillando por su ausencia y sin visos de que aparezca en los próximos años. Alguien empieza ahora a darse cuenta del tremendo despropósito a la hora de distribuir equitativamente ciertos recursos. De aquel AVE Madrid-Sevilla, ejemplo universal de eficacia y puntualidad, solo nos queda recordar aquello de los amores perdidos: «fue bonito mientras duró».
Pero, eso sí, la única región de Europa que tiene hoy a sus cuatro capitales de provincia (tres de ellas con igual o menor población que Dos Hermanas) unidas por alta velocidad, es Cataluña. Ay, Felipe. Y todavía hay quien dice que los demás les robamos… . Algo no debimos hacer bien.