El virrey de las tres mesas

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Por Paco Molina.

Mi colega Gumersindo es un empresario dedicado como yo al mundo de la confección. Buena gente para sus conocidos pero con una debilidad por salir en los medios de comunicación. Siempre le ha perdido la televisión pero últimamente ha abierto su ámbito y ha descubierto un filón en la prensa donde participa con artículos llamativos, unos sobre cómo se ha de vestir y qué hacer, otros criticando a diestro y siniestro los comportamientos de otros.

Hace algún tiempo me propuso acudir a mi caseta y la verdad es que al principio estaba todo bien pero poco a poco empezó a tomarse libertades a costa de otros amigos que también acudían a la caseta.
Los últimos años en la caseta lo llaman EL VIRREY DE LAS 3 MESAS por su ocupación de mesas como si fuera el dueño de ellas y de los camareros.

El martes al entrar en mi caseta y antes de cruzar el umbral, ya se divisaba el desierto: 3 mesas y unas 12 sillas formaban un archipiélago infranqueable en mitad de la caseta.

En el centro del vacío, custodiando el tesoro como un centinela en Flandes, no estaba mi amigo —el «insigne» empresario textil y periodista aficionado—, sino un empleado suyo, con cara de haber sido castigado sin recreo, cuya única misión vital era evitar que cualquier culo ajeno rozara la enea de las sillas.

La argucia es de una sofisticación feudal, como la norma de la caseta prohíbe la reserva de mesas, nuestro protagonista ha decidido aplicar el derecho de conquista por delegación. Manda en avanzadilla a un empleado a primera hora, ocupando ”sus mesas”
mientras el resto de socios —con sus señoras, sus niños y sus varices a cuestas— orbitan alrededor de las mesas como satélites sin puerto donde atracar, el empleado permanece impasible, pastoreando el rebaño de mesas y sillas, investido por una orden superior, que ni el mismo Larra habría sabido cómo impugnar.

Cuando por fin aparece el ocurrente empresario y escritor de artículos satíricos, lo hace con la autoridad del que llega a su cortijo. No solo acapara el espacio, sino que exige una atención preferente, reclamando al camarero con la urgencia de quien está operando a corazón abierto y no simplemente pidiendo un plato de jamón.

Lo más fascinante, sin embargo, no es su voracidad espacial, sino su uso del calendario. Él sólo viene los primeros días cuando la caseta está llena de propios y visitantes anhelantes de poder entrar en la caseta y tener una silla donde poder sentarse, aunque sea un rato.
Él toma posesión de su virreinato de mesas toda la tarde.

Los otros amigos de la caseta miran con envidia esas sillas que tras comer no ceden a nadie y allí en animada tertulia siguen ocupando.
A partir del jueves, cuando la Feria se amansa y encontrar mesa deja de ser un deporte de riesgo, nuestro hombre desaparece, «obligaciones empresariales», dice, con ese tono de quien sostiene el PIB nacional sobre sus hombros mientras pone rumbo a la costa.

Pero no se va en silencio.

Antes de partir, nos regala su última perla: se queja amargamente de que «no hay sillas» y de que «el servicio está desbordado»
diciendo aquello de “esto no es lo que era”.

El año que viene, habrá que limitar a una mesa por miembro e impedir que se ocupen por presencia de empleados ni familiares, por puro ejercicio de convivencia.

Aunque sospecho que mi amigo Gumersindo enviará a su esposa. Pero por lo menos sólo podrá ocupar una. Y lo llamarán EL VIRREY DE UNA MESA”.