Gracias, miarma

Gracias, miarma

Por Víctor García-Rayo

(A todos los profesionales de la sanidad andaluza que a esta hora acarician con mimo la mano del enfermo)

Acaba de entrar a -como dice ella- darle una vuelta al enfermo, a echarle un vistazo. Le habla como si no hubiera pasado nada, aunque ella sabe que el paciente ha emprendido el último viaje porque su billete era sólo de ida cuando entró en la estación de su jornada laboral, ayer por la noche. Es una enfermera con experiencia, viste de blanco y tiene prisa. Hay mucho trabajo en la planta. Una caricia, una mirada compasiva a los familiares y un acercamiento físico y moral a quien ocupa la cama, la última cama. “¿Cómo estás hoy, Antonio, miarma?” “¡venga que yo te vea despiertito, eh!” Le cambia la bolsa de suero, le coloca su medicamento y repasa que Antonio esté lo más cómodo posible. Otra caricia, esta vez en la rodilla después de acurrucarlo porque el aire acondicionado está un poco fuerte. “Ea, corazón, descansa tranquilo que ya estoy yo aquí para lo que haga falta”. Y se va casi corriendo, porque sabe que a la señora de la habitación contigua le duele mucho la herida y requiere de sus cuidados.

Así, todos los días del último viaje, hasta sacar el pañuelo del adiós en el pasillo de un Hospital que cada jornada se llena de profesionales dispuestos a curarte, acariciarte, lavarte, mimarte, comprenderte y soportarte.

Nuestros sanitarios son la demostración de que hay sonrisas con brillo de bálsamo, hay miradas que penetran como un suero de afecto en el alma, hay manos pasadas por tu espalda que atraviesan la piel y le dan un beso a tus entrañas.

No es casualidad que los centros hospitalarios de Sevilla lleven nombres de nuestras Vírgenes, de nuestras devociones más íntimas, fundamentales. “Virgen del Rocío”, “Virgen Macarena”, “Virgen de Valme”, “Virgen de Fátima”… Las cosas en mi ciudad no pasan por casualidad. Hay hospitales en los que empiezas a curarte sólo leyendo su nombre.

Dice el maestro Serrat que de vez en cuando la vida nos besa en la boca y nos pasea por las calles en volandas y nos sentimos en buenas manos. Lleva razón. Y también a vida, de vez en cuando, te apuñala para enseñarte que hay personas que dedican sus horas a curarte las heridas. Las de fuera…y las que te hacen desangrarte entre bambalinas de la escena diaria.

Patricia, Carmen, Ana, y tantas profesionales de las que apenas conocemos su nombre de pila y su mano tendida están ahora mismo acariciando a un enfermo, mirando a un familiar, entrando en el último  camarote de una travesía vital.

Por eso a ti, profesional de los mimos últimos, con todo mi corazón y con el respeto que mereces, con mi gratitud infinita y la disculpa por mi impaciencia, quiero pedirte permiso para mirarte a la cara que ahora ven otras personas con alguna fractura en el alma. Necesito decirte gracias. Por pegar con el pegamento de tu buen hacer los trozos de mis sueños rotos. Gracias, miarma.

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