Hombre al agua

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Por Avanti.

Dice el calendario que mi secuaz más  fiel ha cumplido seis años, el tiempo se ríe de nosotros y nosotros nos dejamos la vida riéndole la gracia al tiempo.

Él sopla las velas de la tarta sin saber que con el mismo soplo llena las velas de mi barca con el aire más puro y limpio que existe.

Yo soy su «hombre al agua» y él  es mi «tierra a la vista».

A veces lo veo andando de espaldas y me recuerda a cualquier forajido recién llegado al poblado capaz de robarle la novia al sheriff con tan solo media sonrisa.

Ordenado como un bibliotecario antiguo, cariñoso como una abuela, dulce como el primer beso y a veces más jartible que un contraguía nuevo.

El que le pone a Cupido las flechas en el arco, el que con una sonrisa hace que se pare el levante y salte el poniente, el que llena el vaso medio vacío, el que pregunta sabiendo las respuestas.

Llora detrás de la puerta, ríe en mitad del salón. Con dos cojones.

Tiene hechuras de dandi, de esos que ya no se llevan. De esos que son capaces de peinarse en un día las mismas veces que  cualquiera de nosotros en media vida. Gentleman de metro y poco capaz de ponerse una camisa con más clase y estilo que Harrison Ford en su boda.

La historia de amor escrita solo con miradas, el gol de tu equipo en el último suspiro, la primera Cruz de Guía, el último cirial. La única  persona  que conozco que sonríe  cuando nada.

Solo le pido a la vida que se deje olvidado en la barra del bar el bote con las cenizas de su padre el día que celebre, repeinado y con corbata negra por supuesto, que en la vida al final todo tiene sentido.

Y es que querido amigo existen tres tipos de hombres: los vivos, los muertos y los que paseamos de la mano de Joselito.

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