La hostelería de Sevilla no se merece esto

La hostelería de Sevilla no se merece esto

Por Javier Compás.

Sevilla es ciudad de graciosos, cachondos, vainas, pamplineros, noveleros, mucha gente normal y malajes con poca gracia, dentro de estos últimos hay varios especímenes, entre ellos hay uno en concreto que son los que se creen que es imprescindible su crónica diaria de la ciudad, repartiendo bulas de sevillanía fetén desde su púlpito que, como un “cuñao” cansino en una barbacoa de fin de semana en un adosado del Aljarafe, entienden de todo y para todo tienen la solución perfecta, permitiéndose criticar a diestro y siniestro sin ver la viga en su ojo.

Bares y restaurantes están en el punto de mira de todo el mundo, se ha hecho viral la foto de la bulla en la puerta del Jota, pero todavía no he visto una patrulla de la policía despejando la zona de yogures de un Mercadona. De bares todo el mundo sabe y todo el mundo entiende, los costos de sus productos, los escandallos (sí, escandallos) de sus platos, los costes de mantenimiento y personal, las asesorías y los impuestos. Aquí a nadie se le ocurre averiguar el coste de media docena de cáncamos en una ferretería y el margen del ferretero, pero todo el mundo sabe a cuanto tiene que poner la caña de cerveza un señor que abre un establecimiento para el disfrute de los demás.

Digamos que cada palo debe de aguantar su vela y que, precisamente, un sector tan expuesto y tan visible como la hostelería, debe de tener cintura para encajar críticas y aceptarlas con deportividad y afán de mejora siempre que estén hechas con criterio y educación. Por supuesto que en la hostelería, como en todas partes, incluido el periodismo, hay caraduras y aprovechados, pero el público no es tonto y, por lo general, acaba poniendo a cada cual en su sitio.

Poner nombres y apellidos a negocios que las están pasando muy putas (perdonen la expresión) con sus trabajadores sin cobrar el ERTE de marras y aventurar que no van a volver a abrir, es de una inconsciencia y una mala baba, por no decir otra cosa, que raya con lo querellable. Criticar el precio de una caña de cerveza para criminalizar a toda una profesión, sin dar nombres ni datos, no es de periodismo riguroso.

Pero peor de todo eso es escudarse en el anonimato de “Un cronista sevillano, fino observador de los acontecimientos de la ciudad”, según el mensajero, que dice miserablemente: “bienvenido sea el coronavirus”, demostrando en el resto de su amarillento relato la poca idea que tiene de un gremio que es uno de los sostenes del empleo y la economía de la ciudad.

De todo eso no se acuerdan algunos cuando están en uno de esos locales comiendo y los camareros los tienen que aguantar hasta las seis de la tarde con la copa balón y los chistes malos, claro que aquí también se creen muchos que los bares no tienen horario, de eso no se quejan.

Un sector que proporciona trabajo a más de 2 millones de familias y de manera directa e indirecta supone un cuarto del PIB nacional. Se podrá discutir el modelo económico de España, la dependencia excesiva del turismo después de la desindustrialización de nuestra economía, para que luego venga un ministro de los que les ha tocado el puesto en la lotería y diga que es un sector precario. Como diría uno de esos rancios sevillanos que tanto gustan a ciertos empleados de periódicos locales: Un respeto, señores.

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