La penúltima

La penúltima

Por Avanti.

¡Que va, que va!. Esta pamplina no va de ir a la barra a pedir la penúltima antes de las tres penúltimas. ¡Que va, que va!. ¡Aojalá!.

De mudanzas va. ¿Qué por qué le he puesto ese nombre?. Pues por algo muy simple; en una mudanza nunca hay una última caja, siempre hay una penúltima y luego otra y luego otras tres penúltimas más, hasta que la espalda se te queda como la del patero de los caballos en el último relevo.

Las mudanzas son una especie de esquema de tu vida, de tus recuerdos. Vas metiendo en cajas todo aquello que merece la pena guardar o que da pena olvidar, esas cosas que te recuerdan lo vivido y sobre todo lo recordado.

Porque la vida no es lo que vives, la vida es lo que sientes cuando recuerdas.

En esas cajas de cartón caben fotos, vinilos, libros, boletines, revistas, estancias en hoteles, regalos, objetos de mucho valor y poco precio. Lo que jamás cabrá es lo que sentiste en su día por cada una de ellas.

Ahí va la foto de Miss Mazagón en la plaza de San Andrés, otra de mis padres mirándose a los ojos en la romería, mira esta qué bonita; Joselito en la cuna y Marta dándole un beso, antes de endiñarle un cosqui claro.

La de recuerdos bonitos que tenemos en la vida. ¿Te has fijado que el tiempo hace limpieza de los recuerdos malos y los va echando en el cajón del olvido poco a poco, sin que lo notes, para quedarse con lo que de verdad te llevarás al otro barrio?.

No hay mayor verdad que esa que dice que las mortajas no tienen bolsillos y detrás de un coche fúnebre jamás verás un camión de mudanzas.

Y es que querido amigo la vida es eso que no puedes guardar en cajas.

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