La piel del tambor

La piel del tambor

Por Víctor García-Rayo.

Ya está con Carmen, que es lo que Pepe quería. Su mujer lo esperaba en la casa de las huertas del cielo que, junto al arco, soñaron tantas veces para vivir la eternidad. Y ya está Pepe con Carmen, sí, regando juntos las buganvillas del patio, poniendo derecho el cuadro del Señor de la Sentencia que se viene un poco la derecha alante porque Pepe no acertó a poner el cáncamo justo en el centro del marco. Ya están juntos otra vez, con la coraza, la gola y las medias en el altillo del alma, con el tambor en su silla, con las baquetas en el cajón grande del comedor, con las plumas a cubierto del polvo y el redoble detenido de unas horas que ya no pasarán. Porque se ha hecho inmortal. Ya no rufan sus manos porque suena el eco de una vida. Suena la piel del tambor a lata macarena, a Bécquer y Parras, a Espumarejo y gloria bendita. Ya está Pepe con su Carmen, no la de Bizet, no. Su Carmen del barrio Voluntad, en el imperio de Triana que Pepe conquistó con su sonrisa una tarde de noviazgo y mirada furtiva en el territorio del otro lado del río ancho. Ya le ha contado Pepe a su mujer que la nostalgia le ha vencido, que su vida sin ella y sin la batuta del destino de su banda hacía aguas por todas partes, que naufragaba. Que ni siquiera los armaos eran ejército suficiente para doblegar tanta pena. Y por eso ha cruzado -como su Cristo- las manos y ha emprendido el camino al cielo macareno que tanto ensalzó con su rataplán, racataplán, pan, cracataplán.

Pepe era, como en la novela de Pérez-Reverte, un personaje de esos que Sevilla regala al mundo, un hombre peculiar, un ingenioso Hidalgo macareno que luchaba contra los molinos de viento de la modernidad, la que parecía querer aplastarle en cada esquina.

Ya está con Carmen. Le ha llevado un redoble de besos y muchas lágrimas, esa voz arenosa y las manos llenas de astillas de madera. Le ha llevado las muñecas dislocadas y el compás en los ojos, una estampa de la Esperanza vestida de negro por José y una bolsa de plástico grande. Porque su tambor va con él, a todas partes. Y más si se trata de un viaje a la misma gloria de Sevilla.

Carmen ya le ha dado un beso a su Pepe. Y al posar sus labios veteranos en el rostro de José Hidalgo, General de las tropas macarenas, ha sentido que su cara tiene el roce algo áspero, como si fuera la piel de un tambor.

Ya están juntos en su casa del arco eterno, esperando un Besamanos y una Madrugá, una guardia y un desfile, una recogida de capitanes y tenientes, un paso de lado a lado acompasado al alma, y unas plumas tan altas como su honradez.

Dale Pepe. Quiero escucharte una vez más. Toca tú a tu aire, amigo, con esa anarquía personal que tantas veces llevó en volandas al Hijo de Dios. Toca, Hidalgo, que te estoy echando de menos aunque Carmen dibuje la sonrisa más hermosa a esta hora en el cielo de Sevilla porque ya te tiene a su lado.

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