Por Pepe Muñoz.
Ahí está. Viendo pasar el tiempo como en la canción de Ana Belén y Víctor Manuel. Viendo pasar el tiempo pero también midiéndolo y pregonándolo a través del sonido de sus campanadas.
No sé exactamente desde cuándo nos acompaña en casa, pero desde luego el medio siglo ya no hay quien se lo quite. Y digo bien lo de acompañar porque es la verdadera y única función que su presencia ha venido desempeñando desde el primer día. Lo de marcar la hora se me antoja totalmente accesorio y yo diría que hasta prescindible. ¿Acaso hay alguien hoy que no lleve la hora consigo, bien en la muñeca o en el bolsillo? Son sus campanadas con las que constantemente nos recuerda que sigue ahí: en su sitio y con su imperturbable y decidido ding-dong cada medio hora. Es su señal de vida. Y es que, en cierto modo, es vida la sensación que sin duda parece transmitir.
Así como los animales de compañía dan señales de tener hambre o de querer salir a la calle, mi reloj me recuerda constantemente que no puedo olvidarme de él; que tengo que subir sus pesas antes de que lleguen al suelo o ponerlo en marcha cada vez que me ausento más de una semana. Me necesita para seguir funcionando y yo a su vez necesito sentir su compañía, esa a la que él me ha ido acostumbrando con sus mensajes un tanto solidarios, sobre todo, en alguna que otra noche de insomnio. Está claro que nos necesitamos mutuamente. Y eso a pesar de que, a veces, ni siquiera escucho sus campanadas, quizás de tanto oírlas. En realidad me basta con observar la oscilación de su péndulo para comprobar que su supuesto e imaginario corazón sigue latiendo. Y latiendo acompasado al ritmo de su cadencioso y clásico tic-tac.
Por supuesto no es exacto ni creo que lo pretenda. Es más, posiblemente sea esa cualidad la que más le acerca a su pretendida condición de elemento mágico con vida propia a diferencia de los demás artilugios domésticos con los que convive, incluido su homólogo de la cocina que recibe señales nada menos que desde Frankfurt. Pero todos ellos dependientes de la energía eléctrica y, por tanto, susceptibles de ser controlados por cualquier sistema inteligente de domótica del que, por supuesto, mi reloj se libraría. Hasta ahí podríamos llegar. Afortunadamente y para mi tranquilidad, nadie puede subir todavía las pesas de un reloj con el móvil desde el apartamento de la playa. En mi caso, privarme de ese ritual no lo perdonaría fácilmente.
La energía de mi reloj pertenece -quien se lo iba a decir- al grupo de las denominadas renovables. Posiblemente la más natural, limpia y sostenible de todas: la fuerza de la gravedad. La misma con la que ya en la Edad Media los monjes inventaban sus relojes para regular las horas de sus rezos cotidianos. La técnica, aunque perfeccionada, sigue siendo la misma desde hace siglos. De ahí que la esperanza media de vida de mi reloj, pese a su modestia y total ausencia de pedigrí, puede duplicar o triplicar perfectamente la mía. Basta con un mínimo de mantenimiento casero a base de limpieza y engrase para que su «salud» siga estando en perfecto estado de revista.
Después de mi última intervención, esta vez a «corazón abierto» por una «arritmia», estoy absolutamente convencido de que hay reloj para rato. Pero sinceramente, a estas alturas de mi vida, no envidio su longevidad y cuando, absorto ante el magnetismo del vaivén de su péndulo, me da por pensar en su futuro, cada vez lo tengo más claro: detrás de mí, los días de vida de mi reloj están contados. Y es que, aparte del especial cuidado y atención que requiere en un mundo cada vez más acelerado y alejado de sentimentalismos, todo se complica cuando se comprueba que el costo de un mantenimiento puede superar al valor del propio objeto a mantener; por lo que entonces este, en el mejor de los casos, pasa a ser un elemento meramente decorativo sin más utilidad ni cometido.
Si como decía César González Ruano, todo aquello que no se sabe bien para que sirve gana puntos en la contemplación, con un poco de suerte, mi reloj puede todavía ganar batallas después de su vida operativa como si de un moderno Cid Campeador de la relojería se tratara.