Un grito en silencio

Un grito en silencio

“Los caminos de la lealtad son siempre rectos”

(Décimo Junio Juvenal).

Tiene sólo billete de ida porque Antonio cree en la eternidad, un espacio tan blanco como la camiseta del equipo de sus amores. Cree en el cielo eterno y en la palabra de Dios, a la que sigue con la rectitud de las líneas -blancas también- que delimitan el terreno de juego de su estadio Ramón Sánchez Pizjuán. Allí está sentado, junto al bastón, sobre el césped y bajo el cielo de Nervión, pegado al palo como los delanteros de antaño. Sonríe. Está mirando a las decenas de personas que ejercen la fidelidad, que -como él- siguen alistados al club que hace las veces de marcapasos dentro de sus pechos. Llevan todos ellos más de un cuarto de siglo de abono y cartera. Y Antonio, el número 1 de los socios, los mira con una mezcla de nostalgia y afecto. Es, a efectos documentales, el primero de los sevillistas. Así lo dice su carné y así se desprende de sus ojos.

Siempre ha sido más fiel que fanático, más cabal que ruidoso, más señor que truhán. Y más sevillista que el escudo. Es feliz y se le nota. Una y otra vez le ofrecen algo para beber. Pero no quiere. Parece estar besando el destino mientras repasa en esa cabeza cana y sabia los goles de López, Raimundo, Pepillo, Campanal, Torrontegui y Berrocal; de Scotta y Bertoni, de Magdaleno, Álvarez II y Santi; de Polster y Zamorano, de Kanouté y Luis Fabiano, de Gameiro y Bacca, de Ben Yedder.

También repasa, cuando corre una ligera brisa que huele a césped fresco y a gol del Sevilla, aquellos años de escoba de hojas muertas arrastradas por la pobreza de un calendario sevillista que traía más miserias que jolgorio. Antonio ha vivido la cara y la cruz. La sombra y la luz.

Y allí permanece sentado, dejando que el aire de su estadio le llene los pulmones. En el iris tiene un mensaje. Puede leerse que los hombres son más grandes conforme tienen más elevado el concepto de la lealtad, de la fidelidad. Antonio es sabio. Y fiel. De la vida, de Dios y de Nervión.  

Las arrugas rojas y blancas que jalonan sus veteranas manos se han comido el verde de las venas mientras se le escurren los años entre los dedos y le resbalan las lágrimas por sus pómulos veteranos. Es un huracán de bondad, tiene la cara pintada de historia y procura no quejarse del terrible dolor de sus rodillas, tan lastimadas como las de Enrique Montero, porque el calendario le ha entrado con los dos pies por delante quitándole intensidad al color de la imprenta de los años vividos, hoja a hoja, gol a gol. Antonio ha vencido el partido de la vida aunque el árbitro haya decidido que hay que seguir jugando.

Por eso, aquí apoyado en el otro poste de la portería de gol norte, te canto en silencio, sin pintarme la cara, sin levantar bufandas. Deja que te mire. Para mí no eres el socio número 1 del equipo de tus amores. Eres el primero en la lista de los amores de la mujer que me dio la vida. Porque yo sé que eres hombre sencillo y, como nunca hiciste ruido, no lo haré yo más que con estas lágrimas que derramo en tu estadio. Que pite ya el colegiado…que ya me has vencido. Para siempre. Por goleada.

Víctor García-Rayo

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