Volver a casa

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Por Miguel Ángel Vázquez.

Casi año y medio después hemos vuelto al ‘santuario’ de Nervión. Supongo que este sentimiento de reencuentro lo habrán vivido aficionados al fútbol de todos los colores y de todas las latitudes. No era ni el día más propicio (el festivo 15 de agosto), ni se daban las mejores condiciones climatológicas (ola de calor y casi 40 grados en Sevilla a las 22.15, hora de comienzo del partido), ni siquiera el adversario se situaba entre los que arrastran a las masas a un estadio (el recién ascendido Rayo Vallecano)… ¿pero quién podía decir que no después de tanto tiempo ansiando ese momento? La tentación era irresistible pese a los obstáculos.

No era una noche cualquiera. Era la noche. Había ganas de fútbol tras la larga ausencia de público en las gradas por culpa del maldito Covid. Con todas las precauciones de esta época de pandemia y siguiendo a rajatabla las indicaciones de seguridad planteadas por el club, haciendo largas colas para entrar y aguardando con paciencia el desalojo ordenado, desafiando esa sensación térmica a ratos agobiante, renunciando al confort del aire acondicionado en casa por la pasión del directo… Se cubrió el aforo del cuarenta por ciento previsto, según normativa. Prendió la magia del fútbol. Casi como antes, casi como siempre.

Se dice que este deporte es para mucha gente lo más importante entre las cosas menos importantes y por eso mi hija y yo no faltamos a la cita. Se trataba de regresar a nuestra casa futbolera, de recuperar un espacio en el que hemos disfrutado de lo lindo (donde también hemos sufrido más de una decepción) y que añorábamos, de compartir nuevas vivencias y rememorar las pasadas, de reeditar el ritual de cada cita, de vibrar con el Himno del Centenario (la creación musical del Arrebato siempre eriza la piel), de soñar con nuevos grandes logros… Parafraseando el hiperbólico anuncio de una plataforma televisiva, vuelve la vida. Al menos, se ha activado una de esas válvulas de escape que hacen más llevaderos los sinsabores que rodean nuestra existencia. Como escribió Manuel Vázquez Montalbán, “el fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño”.

Fue una noche de emociones apenas contenidas, de celebrar a nuestra manera que esta pesadilla está quedando atrás, que como sociedad estamos superando este reto colectivo, que el presente se empieza a despejar de nubarrones e incertidumbre. La vuelta a los estadios es un símbolo de la normalidad que estamos a punto de alcanzar, el punto de inflexión de unos meses de dolor y sacrificio, una suerte de exorcismo contra estos últimos y largos meses de mal fario.

Y rodó el balón, y ganó el Sevilla FC con claridad (3-0), y disfrutamos la victoria en el regreso a nuestra casa, pero eso ya es otra historia.