Por Julio Cuesta.
El Centenario de la Exposición Iberoamericana de 1929 se presenta como una ocasión de singular relevancia para que Sevilla reafirme, con altura histórica y vocación de futuro, su condición de ciudad de encuentro, cooperación y proyección internacional.
A lo largo de los siglos, Sevilla ha ocupado un lugar eminente en acontecimientos de profunda trascendencia para la ciudad, para España y para el mundo. Su protagonismo en la Carrera de Indias y su vinculación con la primera circunnavegación del globo, iniciada por Fernando de Magallanes y culminada en Sevilla por Juan Sebastián Elcano, dan testimonio de una trayectoria marcada por la apertura, la empresa común y el intercambio entre pueblos.
En ese marco histórico, la Exposición Iberoamericana, inaugurada en mayo de 1929 y clausurada en junio de 1930, constituyó un hito de especial significación. Fue en palabras del Comisario, el conde de Colombí, en 1914 la excusa para recuperar a Sevila del olvido, dotarla de nuevos espacios y subsanar un histórico déficit de infraestructuras. Aquella muestra evocó el papel de Sevilla en la configuración de una comunidad de pueblos y naciones unidos por la historia, la lengua, la cultura y una voluntad compartida de cooperación.
A un siglo de los procesos de emancipación de los pueblos de América, la Exposición supuso, asimismo, el necesario y deseado reencuentro, y una solemne puesta en escena de la Comunidad Iberoamericana, con España y Portugal como referentes y con la presencia de los países de América. La solidez arquitectónica y simbólica de sus pabellones permanentes, que hoy podemos contemplar, revela que aquella cita quiso trascender la condición de acontecimiento temporal para erigirse en expresión duradera de colaboración, reconocimiento mutuo y fraternidad histórica.
Un siglo después, el legado material y urbano de la Exposición permanece inscrito en la fisonomía de Sevilla. Pocos acontecimientos y exposiciones internacionales han conservado con tal intensidad su huella en la ciudad, tanto por la permanencia de sus edificios como por su influencia en la transformación urbana, cultural, artística y económica del primer tercio del siglo XX.
Por todo ello, la conmemoración del Centenario de la Exposición Iberoamericana no debe concebirse como un ejercicio de nostalgia ni como una mera exaltación retrospectiva. Ha de entenderse como una responsabilidad colectiva: la de actualizar el espíritu de 1929 y proyectarlo hacia el porvenir, fortaleciendo el sentido de pertenencia a una comunidad iberoamericana que comparte raíces, valores, vínculos culturales e intereses estratégicos en un escenario geopolítico compartido y en transformación, como ningún otro grupo humano y político sobre la Tierra
La celebración de 2029 puede convertirse, así, en un proyecto de la ciudad, de Andalucía y de España: una empresa de largo alcance cultural e institucional llamada a honrar y promover el patrimonio recibido, impulsar nuevas formas de cooperación y situar nuevamente a Sevilla como referencia de diálogo, memoria y proyectos compartidos, y vocación atlántica e internacional. Manteniendo vivo el Espíritu del 29, Sevilla vuelve a ser la capital de Iberoamérica.
Una conmemoración histórica para el porvenir de Sevilla