Sevilla, una ciudad para comérsela… y para llevarla al cine

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Por Gustavo de Medina.

Hay noticias que parecen pequeñas, incluso anecdóticas, pero que esconden detrás una oportunidad enorme para un destino turístico. La que estos días sitúa a Sevilla en el centro de la conversación gastronómica y cinematográfica es una de ellas.

Porque Sevilla acaba de volver a demostrar que tiene algo que muchos destinos buscan desesperadamente: capacidad para generar historias. Y hoy el turismo ya no se vende solamente con monumentos, fotografías o campañas publicitarias. Se vende con historias, experiencias y emociones.

Como consultor turístico llevo años defendiendo que Sevilla tiene mucho más potencial del que a veces somos capaces de comunicar. Tenemos patrimonio, cultura, gastronomía, fiestas, clima, paisaje urbano, capacidad hotelera, una extraordinaria oferta de restauración y una marca reconocida internacionalmente. Pero el verdadero reto no consiste en seguir acumulando atractivos. Consiste en saber convertirlos en productos turísticos capaces de generar deseo, estancia y gasto.

Y ahí es donde la gastronomía y el cine pueden jugar un papel extraordinario.

La noticia que ha puesto ahora el foco sobre Sevilla no debería quedarse, por tanto, en la satisfacción de haber conseguido un reconocimiento. Debería servirnos para hacernos una pregunta mucho más ambiciosa: ¿estamos aprovechando realmente todo lo que la gastronomía sevillana puede aportar a nuestra estrategia turística?

Creo que todavía no.

Sevilla es una ciudad gastronómica. Lo ha sido históricamente y lo es hoy con una restauración que combina tradición, producto, innovación y una enorme diversidad. Pero durante demasiado tiempo hemos tratado la gastronomía como un complemento de la oferta turística, cuando en realidad puede convertirse en uno de sus principales argumentos.

El visitante ya no quiere únicamente ver la Giralda, entrar en el Alcázar o fotografiarse en la Plaza de España. Quiere saber qué comen los sevillanos, dónde compran, qué productos identifican a la provincia, qué bares forman parte de la historia de la ciudad, qué recetas permanecen vivas y qué cocineros están reinterpretando nuestra tradición.

Quiere, en definitiva, comerse Sevilla.

Y esa diferencia es fundamental.

Un destino turístico moderno no se limita a ofrecer recursos. Diseña experiencias alrededor de ellos.

Por eso considero especialmente interesante la conexión entre gastronomía y cine. El cine tiene una capacidad de comunicación turística extraordinaria porque hace algo que difícilmente consigue una campaña convencional: introduce el destino en la imaginación del espectador.

Sevilla conoce perfectamente ese fenómeno.

La ciudad lleva más de un siglo siendo escenario cinematográfico. Desde las primeras filmaciones hasta grandes producciones internacionales, Sevilla ha aparecido en la gran pantalla como ella misma o transformándose en otros lugares. Plaza de España, Real Alcázar, Archivo de Indias, Catedral, calles y palacios han formado parte de películas y series conocidas en todo el mundo.

Y esto no es una cuestión menor.

Cuando una persona reconoce un lugar que ha visto en una película, se produce una relación emocional distinta. Ya no está solamente visitando un monumento. Está entrando en una historia que previamente ha vivido a través de una pantalla.

El turismo cinematográfico funciona precisamente por eso.

Sevilla lo sabe y lleva años trabajando en esa dirección. La Sevilla Film Office, integrada en la estructura municipal de turismo, ha facilitado rodajes y promovido la ciudad como plató. Producciones internacionales han contribuido a reforzar la proyección de Sevilla como escenario audiovisual.

Pero creo que podemos dar un paso más.

¿Por qué no unir definitivamente dos de nuestras grandes fortalezas: cine y gastronomía?

¿Por qué no crear auténticos productos turísticos alrededor de las historias gastronómicas de Sevilla?

Imaginemos, por ejemplo, una ruta que no se limite a visitar restaurantes, sino que cuente la historia de la gastronomía sevillana a través de sus escenarios. Una experiencia que comience en un mercado, continúe en una taberna histórica, incorpore una demostración culinaria y termine en un restaurante contemporáneo.

Imaginemos también rutas vinculadas a películas y series rodadas en Sevilla, incorporando en cada recorrido establecimientos gastronómicos relacionados con el territorio. O experiencias en las que un visitante pueda conocer la ciudad siguiendo las localizaciones de una producción audiovisual y, al mismo tiempo, descubrir los productos y recetas de la zona.

Eso ya sería mucho más que promoción turística.

Sería creación de producto.

Y aquí está, en mi opinión, una de las claves del futuro turístico de Sevilla.

Tenemos que dejar de pensar exclusivamente en campañas y empezar a pensar en productos comercializables.

Una campaña puede conseguir notoriedad durante unas semanas. Un producto turístico puede venderse durante años.

La diferencia es enorme.

La gastronomía tiene además otra virtud: permite extender el beneficio turístico mucho más allá del monumento. Un visitante que compra un producto local, entra en un mercado, toma una tapa, visita una bodega, participa en una experiencia culinaria o se desplaza a un municipio de la provincia está distribuyendo su gasto turístico de una manera mucho más amplia.

Y aquí aparece otra oportunidad que Sevilla no debería desaprovechar: la provincia.

Porque cuando hablamos de gastronomía sevillana no deberíamos pensar únicamente en la capital. La provincia posee una extraordinaria despensa: aceite de oliva, vinos, ibéricos, carnes, productos de la campiña, dulces tradicionales, quesos, miel, productos hortofrutícolas y una larga tradición de bares, restaurantes, bodegas y productores.

La gastronomía puede ser, por tanto, uno de los grandes instrumentos para conectar Sevilla capital con el territorio provincial.

Y también puede ayudarnos a combatir uno de los grandes problemas del turismo contemporáneo: la concentración.

Si conseguimos que el visitante que llega a Sevilla descubra que detrás de la ciudad existe una provincia gastronómica, productora y cultural, estaremos consiguiendo aumentar su radio de movilidad y repartir mejor los beneficios.

Pero para eso necesitamos una estrategia.

No basta con organizar jornadas gastronómicas, publicar fotografías de platos o conseguir reconocimientos. Hay que construir un relato.

Y ese relato debe ser contemporáneo. Sevilla no necesita volver a vender únicamente la imagen tópica de la ciudad de la tapa, el vino, el flamenco y las fiestas. Todo eso forma parte de nuestra identidad, pero Sevilla tiene también una gastronomía moderna, empresarios innovadores, cocineros jóvenes, productores que están apostando por la calidad y una industria turística capaz de generar experiencias sofisticadas.

La tradición no está reñida con la modernidad.

Al contrario: cuando se interpreta bien, es uno de los principales activos de un destino.

Y aquí el cine vuelve a tener un papel protagonista.

Una película puede hacer que una localización desconocida se convierta en un lugar deseado. Una serie puede multiplicar la notoriedad de un barrio. Una escena gastronómica puede convertir un plato en un icono. Una historia puede provocar que alguien quiera viajar miles de kilómetros para sentarse en una mesa.

No estamos hablando de teoría.

La experiencia internacional demuestra que el audiovisual puede generar una relación muy poderosa entre pantalla y destino. Sevilla lleva décadas beneficiándose de ello y existen ejemplos de visitantes que buscan expresamente localizaciones de películas y series rodadas en la ciudad.

Por eso creo que Sevilla debería aspirar a algo más que ser un magnífico escenario para rodajes.

Debería convertirse en un destino donde las historias audiovisuales puedan transformarse en experiencias turísticas.

Y la gastronomía puede ser uno de los mejores puentes para conseguirlo.

Tenemos la materia prima. Tenemos los escenarios. Tenemos los profesionales. Tenemos la marca. Tenemos la capacidad de acogida. Tenemos una historia gastronómica extraordinaria.

Lo que necesitamos es coordinación.

Ayuntamiento, Diputación, Junta de Andalucía, sector turístico, hostelería, productores, mercados, empresas de experiencias, agencias receptivas y profesionales de la comunicación deberían ser capaces de sentarse alrededor de una misma mesa y preguntarse qué producto turístico queremos vender dentro de cinco años.

No qué campaña vamos a presentar en FITUR.

Qué producto vamos a vender.

La diferencia entre ambas preguntas es la diferencia entre promocionar un destino y gestionarlo.

Y Sevilla necesita gestionar mejor sus enormes activos turísticos.

La noticia que hoy nos lleva a hablar de gastronomía y cine puede ser una magnífica excusa para abrir esa conversación.

Porque Sevilla tiene algo que no se puede fabricar artificialmente: autenticidad.

Puede reinventarse, modernizarse y crear nuevos productos, pero no necesita inventarse una identidad. La tiene.

Lo que necesita es convertirla en experiencias.

Y ahí está, probablemente, uno de los grandes retos del turismo sevillano de los próximos años: pasar de la ciudad que el turista viene a contemplar a la ciudad que el turista quiere vivir.

Una ciudad que se mira, que se escucha, que se recorre y, por supuesto, que se come.

Una ciudad que tiene escenarios de película y platos que merecen protagonizar su propia historia.

Porque Sevilla puede ser mucho más que un destino turístico.

Puede ser un relato turístico.

Y cuando un destino consigue que millones de personas quieran formar parte de su relato, entonces la promoción deja de ser publicidad y empieza a convertirse en deseo.

Ese debería ser nuestro objetivo.

Que cuando alguien piense en Sevilla no solamente quiera venir a verla.

Que quiera venir a vivirla.

Y también, naturalmente, a comérsela.